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Friday, 10 June 2011

  • Fragmento de otra historia

    (Escrito aproximadamente en 2005)

    Soledad ha pasado la tarde recordando a un chico que conoció muchos años antes que a Manu. No es que le guste dedicar tardes enteras a recordar, es que una imagen le cruzó de pronto y la sensación que le causó la ha acompañado desde entonces. Se sonroja. Y es que la sensación es prácticamente física. Algo sensual que Soledad sólo experimentó con ese muchacho. Lo peculiar era, en todo caso, que sólo le causara esa sensación y ningún otro sentimiento. Era muy parecido al vacío.

    Tal vez por eso está de pie en el balcón, a pesar de que hace viento y no trata demasiado bien sus cortinas. Está nublado y la vista no es atractiva. A veces todo el entorno es gris, demasiado urbano. Le llegan motores y cláxons. Sirenas y el paso inoportuno de los aviones. Si pone atención, distingue el rugido orgulloso de los grandes camiones y el lamentillo agudo del transporte público al frenar para dejar pasaje, entre el zumbido uniforme de los automóviles, que aún permite ese bajo profundo y ronco del vokswagen, noble bestia metálica en vías de extinción. Pero esa tarde, la atenión de Sol oscila del rubor a la inocencia, al juego del tacto que nunca se resolvía en nada.

    Jamás volvió a ver a ese chico, y algún esfuerzo le pone a la memoria para recordarle con nombres y apellidos.

Monday, 25 April 2011

  • Mensaje de madrugada

    Te imagino dando aún más vueltas a las cosas, sin poder dormir. No fuerces el sueño que te evade. Abraza tu miedo para mirarlo de frente y apréndete su nombre, para que luego no se te aparezca por sorpresa. Y luego déjalo ir. Sabrá que tienes brazos fuertes y se andará con más respeto por los espacios de tu vida, permanecerá distante en tus decisiones. Tomará partido por ti y ya no en tu contra. El miedo que sientes no se funda en raras ficciones. Sólo que se alimenta voraz de esas creencias que hace rato combatías entre comentarios, y esos paradigmas punteados están siempre dispuestos a hacer de molde para vaciar estatuillas de inseguridades, insatisfacciones y decepciones. Dejemos que el miedo pierda su vocación de alfarero: invitémoslo a que se vuelva analista, estratega, crítico certero. Dejemos que se haga útil y que justifique su existencia. No será ya un miedo falso, sino domesticado, como un lobo que sólo aúlla cuando se aproxima un enemigo, pero olisquea siempre para descartar el peligro.

     No me voy ni te dejo. Me quedo. Me quedo aquí montando guardia al lado del lobo de tu miedo, con una escopeta de salvas que hace mucho ruido y espanta los malos pensamientos. Estaré fuera del porche de tu casa, quizá meciéndome en una de esas sillas viejas con tejido de ratán y que rechina un poco al balancearse. Montaré guardia. Y cuando llegue el día, me iré contigo a caminar por entre los lagos de posibilidades. Te llevaré a esos pastizales que crecen tan alto que nos ocultan hasta las rodillas y nos reconoceremos Gulliveres entre apariencias y sabremos que nada es tan grande como parece, ni somos tan pequeños como creíamos.

    Dominaremos el ritmo cotidiano y venceremos las ventanillas que tengamos que enfrentar, los taxímetros que debamos calcular, las sillas que debamos empujar, los pisos que haya que brincar, hasta los dulces que debamos elegir. Uno más uno iremos acumulando frutos... y nos los comeremos. A veces ahí está el quid, el problema de no ver frutos: son productos perecederos. Maduran, se consumen, nutren, se gastan, se esfuman. Hay que volver a sembrar, volver a cosechar, no tiene fin. No ver frutos es hasta cierto punto lógico, buscarlos indica que esperamos nuevas cosechas. Evitemos mirar en huertos ajenos porque cada planta tiene sus estaciones, sus plagas, su tierra, su propio jardinero. Tu manzana y la mía son distintas y qué bueno, porque así no me aburro del sabor que produce mi propio árbol y conozco otros sabores. ¡Ay, si pudieras reconocer qué abundante es en realidad tu huerto! Me paseo entre sus ramas porque en él me siento en paz. Tu huerto alimenta, protege, recibe, abraza, cubre. Da sombra y a la vez captura el sol suficiente para proporcionar calidez. Llamo a tu huerto hogar, porque en él habito a mis anchas. Así fue siempre y sin embargo siempre hay una especie nueva que me brinda algún sabor desconocido, como un tallo de trébol entre las fresas. Sé que el problema está en la compraventa: a veces los frutos no están para comerse, sino para venderse a cambio de otros elementos que protegen el huerto: cobertizos, muros, pozos, viveros. Y el miedo entonces se para a la mitad del huerto, como lobo, y aulla... Aulla para que su voz haga las veces de muralla y proteja los frutos, pero espanta también a los compradores. Es cuando debemos ponerle un bozal... Debemos guardar la escopeta. Conviene sacar los huacales y ofrecer una gavilla de buen fruto. Si el sabor es bueno --en tu huerto siempre lo es-- vendrá por más. No te extrañe, como en todo mercado, los compradores regatean. Pero tú deja que se acostumbren al sabor y volverán, volverán siempre porque tu huerto es único. Y el lobo ya no les aullará a ellos porque los conoce.

     Ya ves que yo también doy vueltas en torno a este miedo lobo y te acompaño. Y a tu lado procuro un futuro venturoso. Quiebro con las tuyas mis propias estatuillas forjadas sobre la línea discontinua de las creencias y me reconstruyo. Y propongo unir tu huerto con el mío. Cada quien sus frutos y sus ventas, sus lobos y escopetas, pero un mismo muro para los dos huertos. ¿Qué dices?

Tuesday, 19 April 2011

  • Prólogo

     

    La palabra entró a la página tímidamente. No reconocía estas paredes que juraban hacerla eficiente y ordenada. Ella se sabía esencialmente libre y se rebelaba contra la idea -en su opinión indignante- de ser coordinada desde una serie de cajones, archivos, vínculos virtuales que perdían toda la virtud y la hermenéutica de su origen. Ella, la palabra, quería vivir en las horas libres, pero dominar sobre todo en las transgredidas. Las horas robadas a otros trabajos de mayor dignidad aparente y menos trascendencia. Anhelaba recuperar su autonomía. ¿Por qué convocarla en un espacio como este? ¡Era insultante! Tendría suerte la escritora si paseaba por sus páginas apenas más allá de un párrafo. Tendría que demostrar mucho más pasión que la de un torpe escarceo para acompañarla por la ruta de toda una cuartilla. Lo había hecho antes. Hay que concederle eso. Era apasionada. Entre las cualidades de esta mujer se encontraba la pasión, aunque la razón le nublara toda posibilidad de madurez ante la crítica. La palabra sabía que las peores críticas de la escritora nacían de ella misma, pero la desarmaban las críticas inesperadas, las que venían de fuera, las no invitadas, las inoportunas o plenamente sorpresivas. Fue una crítica mal dirigida, o mal entendida, la que calló su voz por mucho tiempo. ¿Acaso la habría superado ya? La palabra lo dudaba. Al tratar de fluir por el golpeteo indiscriminado de teclas -ese que no sustituye la danza del trazo de la tinta o el grafito- la palabra descubría esas pausas que la crítica inflingía como látigos en su conciencia. Látigos que paralizan de miedo, no espuelas que azuzan a seguir. ¿Qué acicate puede devolver a la escritora a su pasión?

    La palabra piensa con ella. Quizá es que la extraña. La escritora se sabe culpable por no convocarla más seguido, por haberla depauperado: ya no tiene galas, como tuvo. Ya no tiene para jugar los ritmos y las imágenes de antaño. Ya no está enamorada de historias imposibles, ni de hombres reales. Y con eso la palabra, se pregunta la escritora ¿puede ser de algún modo fértil? ¿podrá llegar a ser algo más que una voz entrecortada? ¿Alcanzará a llenar alguna vez este juego de cajas y paredes electrónicas sin formato. Tanta pretensión debería ser castigada, si no se sigue con ella y premiada si se vence, al fin, el miedo. La palabra anhela correr por los ríos de una conciencia arrebatada al presente, a la constricción de una habitación azul, en un departamento, en una calle determinada en cierta ciudad, en tal país donde se habla tal idioma, con estos modismos y aquellas incorrecciones gramaticales. Quiere jugar con los vicios y trastocarlos hasta convertirlos en virtudes. Quiere la palabra dejar de leerse por la tinta. Quiere atentar contra la resignación efímera del vacío electrónico y clamar por su derecho a llegar al papel, como siempre ha sido... y tal vez ir tan atrás como para volver a la piedra. Quiere la palabra grabarse en un alma. Quiere enamorar muchos corazones con los amores imposibles que la escritora nunca pudo conocer pero anheló toda la vida. Quiere hablar. La palabra quiere hablar.

Saturday, 12 February 2011

  • Esto que se diluye
    como el contorno en el espejo ante mis ojos miopes
    es humo.

    Esto que te arrebata
    como el aliento entrecortado del inflexible llanto
    es muerte

    Esto que me hiere
    como la hebra desgarrada del amor perdido
    es nada

     

    Como la nada, el humo
    Como la muerte, el tiempo

Thursday, 09 September 2010

  • Vuelvo a ser

    Vuelvo a ser, vuelvo a ser nada
    antesala de mi origen
    mi preludio concebido,

    un acierto que devuelve
    un contorno a mi reflejo
    de torpeza y amargura.

    Soy quien siendo demasiado
    nunca basta y en la sombra,
    sólo en ella, muestra gracia.

    Soy una voz infecunda,
    el silencio, que conviene
    a la incómoda premura
    de este siempre, de este anhelo
    de este todo que fue nunca.

Chatboard (4)

  • AliDheren
    Estamos haciendo un experimento Maite y yo
  • nimiki_atintli
    Escribe mas xD ame tu ultimo post saludos
  • crearau
    Beautiful... and the poems too. Carlos Arau.
    • Posted 6/26/2008 12:10 AM
    • by crearau
  • AliDheren
    This is me, inviting you to say Hi. ¡Hola chicos y chicas!